El Estadio de Santiago: fútbol y tortura

Es 21 de noviembre en el Estadio Nacional de Santiago. La selección de Chile mueve el balón y cuatro jugadores encabezan el ataque del equipo. Francisco ‘Chamaco’ Valdés, el capitán, recibe en los linderos del área, llega sin marca al área chica y saca un cañonazo a puerta vacía. Gol… y fin del partido. Si es que se le puede llamar así.

La Unión Soviética no se presentó al partido de vuelta del repechaje rumbo al mundial de Alemania 1974 y Chile se clasificó por default. En el Nacional había cerca de 17 mil espectadores y un numeroso grupo de militares cargando sus armas. Fueron solamente 20 segundos de una escena ridícula, la cual fue orquestada por el régimen que escasos días atrás había tomado el poder del país.

El suelo chileno llevaba ya varios meses tambaleándose y el 11 de septiembre de 1972 se dio el golpe de estado que se llevaba planeando desde agosto de 1972. Fue poco más de un año de planeación y por increíble que parezca, el fútbol fue uno de los motivos por los que se prolongó la espera.

Concretamente fue el Colo Colo quien lo provocó. Contaban con grandes futbolistas, como el ya mencionado ‘Chamaco’ Valdéz, Carlos Caszely y Leonardo Véliz. Era un equipo muy ofensivo, con buen trato de balón, según cuentan los relatos de la época, pero la verdadera estrella que tenían era el soplo de aire fresco que resultaban ser para la gente.

'Chamaco' Valdés, 1973.

Momento en que Valdés mete el “gol fantasma”.

El presidente Salvador Allende inclusive aseguró en su momento que aquel grupo de jugadores mantenían fuerte a un país que estaba tan desunido por la política. Dicha declaración la defendió el brasileño Elson Beyruth, que fue futbolista de los albos de 1965 a 1973. En el libro “Leyenda hay una sola”, de Alex Pickett, Beyruth cuenta que “cuando Colo Colo ganaba había mucho entusiasmo y era una semana de tranquilidad para las autoridades”.

La gente se identificaba con el Colo y la Copa Libertadores del 73 fue una inyección de positivismo para la gente, pues se convirtieron en el primer club chileno en jugar la final del torneo más importante de clubes de América. Se midieron ante el Independiente de Humberto Maschio. Empataron 1-1 en Avellaneda y 0-0 en Santiago, así que se tuvo que jugar un tercer encuentro en Montevideo. Se llevó a cabo el 6 de junio y los argentinos, máximos ganadores de la Libertadores, se llevaron el campeonato por 2-1.

Una vez que concluyó el torneo, el momento para dar el golpe era ideal. El periplo libertador del Colo Colo, que de alguna manera mantenía unido al pueblo, había finalizado por lo que ya no había pretexto para no tomar partido en los problemas políticos del país.

Así, el día 29 de ese mismo mes se dio el Tanquetazo; hubo sulevación en las calles y la capital se llenó de tanques y autos pesados de combate. Aquel episodio solo fue un ensayo, pues el ejército comandado por Carlos Prats pudo contener a los golpistas.

Pocos días después, en la primera semana de agosto, la selección chilena (que tenía como base al Colo Colo, claro), se jugó contra Perú el pase a la repesca mundialista en Montevideo. La victoria por 2-1 de la Roja los mandó a enfrentarse a la URSS en la ya mencionada eliminatoria para Alemania 1974.

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El Tanquetazo estuvo liderado por el Coronel Roberto Souper.

Finalmente, el 11 de septiembre las Fuerzas Armadas bombardearon el Palacio de la Moneda y bajo el mano de Augusto Pinochet derrocaron al gobierno izquierdista de Salvador Allende, que había sido elegido democráticamente tres años atrás. Lo que nadie imaginaba es que era el inicio de una sangrienta dictadura que duró 17 años.

Por su parte, Allende le cumplió al pueblo lo que dijo en su último discurso, el cual dio ese mismo día por la radio cuando el golpe ya era inminente: “Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”. Fue encontrado muerto en uno de los salones del edificio, después de participar activamente en la defensa del Palacio. Existen tres teorías sobre su deceso: la primera dice que fue víctima de una ráfaga de disparos; la segunda dice que se suicidó con el AK-47 que Fidel Castro le había obsequiado, prefiriendo la muerte a entregarse y la tercera dice que lo asesinaron cuando había resultado herido.

La muerte de Allende provocó que el partido contra la Unión Soviética, territorio socialista, tomara ciertos tintes políticos. El partido tuvo lugar el 26 de septiembre, solamente medio mes después del golpe. Quedaron 0-0, resultado conveniente para Chile, pues la URSS era el subcampeón de Europa y cerraban en casa.

Cuando la Roja volvió a Chile, el país parecía otro. Las autoridades levantaban civiles de las calles, iban directamente contra los miembros de grupos de izquierda o cualquiera que no estuviera a favor del régimen y se atreviera a demostrarlo. El Estadio Nacional se convirtió en un campo de concentración. Los detenidos dormían en el piso de piedra, solo algunas mujeres tenían el “privilegio” de tener colchonetas viejas. En el día, esperaban su destino, sentados en las gradas del estadio, mirando al terreno de juego como viles espectadores.

Lo hacían hasta que llegaba Juan René Muñoz, el encapuchado. Agente de la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) y antes miembro del Partido Socialista, renunció al mismo a pocos meses del golpe porque no compartía algunas ideas. Fue perseguido por ello al punto de que incendiaron su casa, pero la derecha lo rescató. No se supo que él era el encapuchado hasta 1977, cuando lo confesó mediante una carta que salió a la luz tras ser encontrado muerto, con signos de tortura. Su misión era entrar al estadio, con una capucha en la cabeza y señalar a los militantes de izquierda. Lo hizo por venganza a sus antiguos compañeros y él mismo se ofreció para hacerlo. Muchos de los señalados por Juan René fueron torturados a muerte o incluso fusilados al momento.

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El Estadio de Santiago fue testigo de muchas muertes y torturas.

El partido de vuelta contra la Unión Soviética ya estaba cerca y conforme pasaban los días, el Estadio Nacional se iba vaciando de prisioneros. La FIFA fue a inspeccionar el inmueble el 24 de octubre y misteriosamente todo estaba en orden; los vestuarios limpios y con agua.. lo cual es curioso porque hay pruebas de que hubo presos en el estadio hasta noviembre.

Stanley Rous, presidente de la FIFA, dio el visto bueno, algo que no gustó a la URSS, que finalmente se negó a hacer el viaje. “Por consideraciones morales, los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el Estadio de Santiago, salpicado con la sangre de los patriotas chilenos (…) la Unión Soviética tiene que negarse a participar en el partido en suelo chileno y responsabiliza a la administración de la FIFA”, dijeron los del Ejército Rojo en un comunicado. El resto ya se explicó al principio.

Poco después de la victoria fantasma, el futbolista Carlos Caszely, considerado el mejor futbolista chileno de la época, fue marcado por el Gobierno por su repudio a la dictadura. Se organizó un evento para la selección en el edificio Diego Portales, lugar donde operaba la Junta Militar. El motivo era despedirlos antes de irse a Alemania a jugar el mundial.

Caszely, fiel a sus creencias, decidió negarle el saludo a Pinochet. El ‘Chino’ dejó las manos cruzadas en la espalda ante la ira contenida del dictador. No hubo represalias directamente contra él, pero el rumor corrió y la gente hablaba de la estrella que le plantó cara al dictador. Las consecuencias las acabaría sufriendo su madre.

Olga Garrido estaba inmóvil en los alrededores de Tres Álamos, un campamento usado para los presos políticos de la dictadura. Un grupo de gente se acerca a ella y le alumbran la cara, lo que hace que reaccione. La habían encontrado tras un día de búsqueda. Mientras Caszely estaba en la Copa del Mundo, su madre había desaparecido. Fue torturada salvajemente, la encontraron con golpes, quemaduras, cortes y laceraciones. Su hijo no se enteró hasta regresando del Mundial, donde Chile no pudo ganar un partido. Para ese entonces el ‘Chino’ ya jugaba en España, con el Levante de la Segunda División, y una vez que se enteró se llevó a su madre con él.

A día de hoy, en el Estadio de Santiago se puede leer: “Un pueblo sin memoria, es un pueblo sin futuro”. Y aunque el fútbol sirve como una arma, tanto para bien como para mal, bien lo dijo el mismo Caszely años después: “Primero somos personas y luego somos lo que somos, futbolistas o cualquier otra cosa (…) Por muy futbolista que seas y aunque vivas en un mundo diferente, en una burbuja, el ser humano no puede ser ajeno a lo que pasa en su país”.

Fútbol-empresa, geopolítica y las crisis de Colo Colo y la U de Chile

La dictadura sabía perfectamente el poder que podía tener el fútbol en la gente, por lo que desde el inicio se ocuparon de tomar la posesión del balón. Equipos de primera y segunda división empezaron a contar en sus directivas con oficiales de medio rango de las Fuerzas Armadas; tal fue el caso del Antofagasta, Malleco y Santiago Wanderers, entre otros.

De igual forma, alcaldes impuestos por la dictadura hicieron lo mismo en clubes como Ñublense, Green Cross y Rangers. Mientras tanto, los equipos más conocidos en lugar de luchar por mantenerse autónomos, no ofrecieron resistencia ante la militarización de las comitivas futboleras.

Colo Colo, la Universidad Católica y la Universidad de Chile, por mencionar algunos, de hecho les hicieron las cosas más fáciles al apoyar públicamente a Eduardo Gordon Cañas, general subdirector de los Carabineros (policía chilena), cuando en 1975 se lanzó por la presidencia de la ACF (Asociación Central de Fútbol), la cual era presidida por Francisco Fluxá; finalmente lo derrotó sin problemas en unas elecciones dignas de la época, arregladas en pro del régimen.

Con Gordon Cañas al mando de la ACF, la dictadura se pudo confirmar como el “dueño” del fútbol chileno. Ahora podían utilizar el deporte para normalizar algunas de las políticas nuevas en el país; implementaron en los equipos algo similar a su nuevo modelo económico, por ejemplo, donde se dejaban de lado las sociedades para normalizar el concepto de empresa.

Esto fue positivo para los equipos controlados por inversionistas. Entre 1973 y 1978 solamente un torneo no fue ganado por la Unión Española (3), Everton de Viña del Mar (1) o el Palestino (1) y aunque nadie pone en tela de juicio el merecimiento deportivo de aquellos campeonatos, la influencia monetaria de algunos personajes como Enrique Atal, Abel Alonso y Antonio Martínez fue demasiado imponente para los equipos grandes, quienes se conformaron con su status de clubes populares y se vieron mermados por ello.

El fútbol-empresa tomó en curva sobre todo al Colo Colo. En el 76, Héctor Gálvez, presidente del club, se volvió a postular para el trono albo; junto a su candidatura estaban las de Mario Moreno y la del expresidente del club, Antonio Labán. Sin embargo, el régimen metió las manos e impugnó las elecciones debido al apoyo mediático que recibió Labán por parte del líder sindical Tucapel Jiménez, un enemigo de la dictadura. Cabe destacar que Tucapel fue degollado tiempo después por la Dirección de Inteligencia del EjércitoHernán Béjares, hombre de alta confianza de Pinochet y ministro encargado de la propaganda y comunicación del Gobierno, vio en aquel movimiento una mina de oro para el régimen.

La DIGEDER (Dirección General de Deportes y Recreación), actualmente lo equivalente al IND (Instituto Nacional de Deportes) tuvo que intervenir y reemplazaron a Gálvez por dirigentes que rendían cuentas al gobierno. El grupo BHC, segundo más poderoso del país con un patrimonio de 520 millones de dólares, fue el elegido. El Colo Colo tenía una deuda de 300 mil dólares y tras ese movimiento, no quedaba duda que el Cacique era el nuevo equipo del régimen.

Luis Alberto Simián quedó a cargo del club y llenó de promesas a la afición. Que serían los primeros en ganar la Libertadores y la Intercontinental, que traería refuerzos de talla mundial y más. Muchas cosas que no cumplió. Además, creó una sección de polo, un deporte considerado elitista; a la afición, acostumbrada a apoyar al equipo del pueblo, no le sentó bien la noticia

Para 1980, la Central de Fútbol tiene que volver a intervenir en el club porque las deudas superan los 127 millones de pesos, de los cuales 70 son préstamos del Banco Hipotecario de Chile. Cuatro años más tarde el Colo era presidido por Patricio Vildósola, quien tomó una decisión que a la fecha sigue siendo polémica y causa incomodidad en el entorno cercano del club: nombró a Augusto Pinochet como presidente honorario.

En 1988, a cuatro días del Plebiscito Nacional, el dictador quiso volver a usar el fútbol a su beneficio y anunció que el gobierno iba a entregar 300 millones de pesos para terminar el Estadio Monumental, el cual ya estaba prácticamente listo en reserva de algunas estructuras. Peter Dragicevic, quien fue presidente de los albos dos años más tarde, defendió la postura de recibir el apoyo debido a que rechazarle una oferta a Pinochet en la época no era una opción.

Sin embargo, la versión popular asegura que no fue Pinochet, sino la venta del delantero Hugo Eduardo Rubio al Bologna de la Serie A lo que en verdad ayudó a terminar el Monumental. Cabe mencionar que en 2018, Dragicevic contó en una entrevista para ADN Radio que Colo Colo nunca quebró, como se maneja, sino que fue una cadena de malas informaciones que el régimen se encargó de replicar con el afán de privatizar lo único que no habían privatizado: el fútbol: “No encontraron mejor plataforma que liquidarnos comunicacionalmente, para poder ellos venir a entregar la solución mágica”.

Por otro lado, estaba el interés del gobierno por hacer una descentralización en el país para modificar la administración geopolítica y darle un mayor peso, sobre todo, a la parte norte. El plan comenzó en 1974 y el fútbol era parte importante de la expansión del territorio político chileno. El régimen utilizó el fútbol mediante la creación indirecta de algunos equipos que servirían para ampliar el radio donde había fútbol profesional. Para 1983 ya había 22 equipos en la liga.

El primer equipo creado bajo el régimen fue el Malleco Unido, que se fundó en marzo de 1974. Tenía sede en la ciudad de Angol, al centro del país. Posteriormente llegó el primero del norte, el Cobreloa, en la ciudad de Calama, creado en enero del 77. Después se crearon el Norte-Arica (ahora CD San Marcos de Arica) y el Deportes Iquique, ambos al norte en la Región de Tarapacá, fundados en febrero y mayo del 78, respectivamente.

En 1979, específicamente en el mes de marzo, se fundó el ya extinto Regional Atacama de Copiapó y dos meses después el Cobresal, que también estaba en la Región de Atacama al norte del país. El Cobreloa podría ser considerado el mayor éxito de este plan (en los primeros años). Fue financiado por la Codelco (Corporación Nacional del Cobre de Chile) y trabajadores de la División Chuquicamata, una mina de cobre y oro a rajo abierto (la más grande del mundo en su tipo) que está en Calama, Región de Antofagasta. Francisco Núñez, miembro de los Carabineros, fue el primer presidente.

La dictadura cumplió su cometido de involucrar más política y socialmente a la zona norte y además, logró mantener a la industria minera, que tenía mucho peso social, quieta mediante el fútbol. Incluso, en 1981 y 1982 el Cobreloa llegó a la final de la Copa Libertadores; en la primera perdió 2-0 el desempate contra el Flamengo y en la segunda cayó 1-0 frente al Peñarol. Aunque un año después, en el 83, los trabajadores del cobre se fueron a paro y a protestar contra Pinochet debido, entre tantas cosas, a la crisis económica y el creciente descontento social. Parecía que era una protesta limitada, aunque se fueron sumando cada vez más sectores de la sociedad civil.

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Cobreloa cayó frente a Flamengo en la final de la Copa Libertadores de 1981.

Mientras tanto y con el pretexto de las continuas crisis económicas que la U de Chile comenzó a sufrir a mediados de los 70 debido a la privatización del fútbol chileno, el presidente del club, Rolando Molina, pinochetista de hueso colorado, decidió separar la rama de fútbol de la universidad para convertirla en una entidad privada, la cual sería presidida por él mismo. La deuda que tenía la rama de fútbol ascendía hasta 1.7 millones de pesos, cantidad que la Universidad de Chile tenía que pagar si se daba la creación de la Corfuch (Corporación de Fútbol Profesional de la Universidad de Chile).

En 1980, específicamente el 1 de septiembre, se hace oficial la desvinculación jurídica de la Corfuch, tanto administrativa como financieramente, de la Universidad de Chile en una decisión que el presidente no consultó antes con los socios. Esto les daba mucha más libertad ahora que eran una entidad privada. Molina tuvo muchos errores, pero el más grave fue la compra del “estadio mecano”, que incluso pagó con una parte de su propio bolsillo, según dijo. La U no tenía dinero para hacer ingresar la estructura a Chile, pues tenía que pagar un impuesto de internación y supuso que desde el gobierno le ayudarían a evadirlo, cosa que no pasó.

Al tener tanto dinero invertido en el estadio mecano, intentó por todos los lados posibles conseguir llevarlo a tierra. Con la ayuda de Ambrosio Rodríguez, quien tiempo después lo relevaría como presidente de la Corfuch cuando Molina se fue a dirigir la AFC, se creó una inmobiliaria llamada Deportiva Andrés Bello S.A., mediante la cual intentaría recaudar fondos para culminar el proyecto. Se hicieron rifas, cuyos premios muchas veces no se entregaron y hasta se ofrecieron lugares de socio vitalicio, pero nada funcionó pues finalmente en 1982 el dólar se disparó y Chile quebró; el desempleo llegó al 23.7%, por ejemplo.

Cuando Rodríguez se hizo presidente, se daba el lujo de atender asuntos referentes al club en el Palacio de La Moneda, la sede presidencial. Esto porque era Procurador General de la República, un cargo que se inventó Pinochet que consistía en la persecución a líderes de la oposición y en la protección de los crímenes del CNI (Central Nacional de Informaciones,). Así que mientras velaba por los intereses del club, a la vez estaba decidiendo a qué centro de detención mandar a los opositores del régimen.

Finalmente, Ambrosio tuvo que dejar de mezclar su trabajo del club con su trabajo en el gobierno por un peculiar episodio que él mismo contó a los periodistas Braian Quezada y Carlos González para plasmarlo en su libro “A discreción. Viaje al corazón del futbol chileno bajo la dictadura militar”.

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Carta de Reinaldo Sánchez, expresidente del Santiago Wanderers para Pinochet en el 2000.

En una ocasión, Rodríguez hizo que Luis Santibáñez fuera a firmar su nuevo contrato como entrenador a La Moneda: “Nos encontramos en un patio con el general Pinochet. Me llamó a un lado y me dijo: ‘¿Para qué lo traen acá a firmar por la Chile, sabiendo que soy wanderino?’”, relata el expresidente de la U, confirmando que el dictador en realidad apoyaba a Santiago Wanderers, más allá de que hubiera usado a cualquier club en pro de su régimen. En 1984, la AFC se declara en bancarrota y nada más y nada menos que el 43% de la deuda del fútbol chileno le pertenecía a la U de Chile; el aval era el mismo organismo de fútbol del país.

La dictadura abusó de su poder en el fútbol, lograron usarlo de manera efectiva durante los primeros años para cumplir las ideas que tenían con el mismo. En los 17 años de la dictadura se vieron muchísimos más episodios donde el gobierno metió mano directamente en el deporte para intentar justificar tal privación de libertad. Se metieron con los clubes, con la selección, con los jugadores y con las aficiones, pero para bien o para mal, el balón siguió rodando y sin la intención de quererle dar una connotación mayor a la merecida (porque el fútbol influyó muy, muy poco en el derrocamiento de Pinochet), también se puede decir que para muchas personas, fue el balón el que ayudó a sobrellevar la vida durante el régimen.