Rivalidades históricas: cuando el Boca-River casi se juega en las Malvinas

Papelón. Es la única palabra con la que se puede calificar lo que se vivió cuando la final de Libertadores entre Boca y River se tuvo que jugar en Madrid. Claro que había morbo, claro que se sabía que cosas desagradables podían pasar, pero todo acabó teniendo un final sumamente inesperado. Lo que era considerado uno de los partidos más importantes en la historia del fútbol, por su trascendencia más allá de por el nivel de juego fue un circo que se dejó vender al mejor postor. O al menos así parece.

En su momento, la CONMEBOL anunció que los equipos mexicanos, por su rol de invitados, no podrían albergar una gran final de Copa Libertadores o Copa Sudamericana pues atentaría contra la esencia de ambos torneos debido a que solo se debía entregar el trofeo en suelo sudamericano, pero las cosas cambian y los pensamientos también… sin dejar de mencionar los intereses comerciales.

Ni Asunción, la primera opción que sonó y la que más viable parecía pues Paraguay es país vecino de Argentina. Ni Miami, donde un megashow americano hubiera esperado ansioso para ensalzar el evento. Ni Doha, que estaba ahí cerquita de la sede del Mundial de Clubes. Finalmente fue Madrid, el Santiago Bernabéu, que ese convirtió en el primer estadio que albergó una final de Copa del Mundo, Eurocopa, Champions League y Copa Libertadores. Surreal.

Tan surreal como la ocasión en que el semanario argentino Goles propuso un “Superclásico en las Malvinas”, frase que se leía en la parte inferior de su portada del 27 de abril de 1982 (No. 1739). La foto de la misma postraba a Eduardo Saporiti, de River y al Cacho Córdoba, de Boca, abrazados y sonrientes con las camisetas de sus equipos. Todo esto, aprovechando que los ingleses todavía no llegaban a las islas y que dos días antes se había disputado un Boca – River que quedó 0-0 en el torneo Metropolitano. Como curiosidad, dicho torneo pasó a llamarse Malvinas Argentinas, aunque una semana después del cambio se volvió a renombrar como Soberanía Argentina en las Islas Malvinas.

Argentina estaba envuelta en el patriotismo con el que la Junta Militar quería hacerlos olvidar de lo mal que iba el país para 1982. Unas semanas antes, el General Leopoldo Galtieri había anunciado en los balcones de la Casa Rosada que habían empezado con los movimientos para recuperar las islas Malvinas y todo su terreno de influencia. Además, retó a Inglaterra, quienes ocupaban las islas desde a mediados del Siglo XIX: “¡Si quieren venir, que vengan; les presentaremos guerra!”, dijo. El movimiento para recuperar ese territorio no era más que una misión por retomar legitimidad ante el pueblo y usaron a la patria para lograrlo.

La única verdad es que los argentinos no estaban listos para el conflicto (había soldados que nunca habían disparado una arma) y tuvieron que marcharse a los frentes de guerra porque el servicio militar era obligatorio; incluso muchos futbolistas prometedores de entre 18 y 20 años fueron parte de la misma. Algunos soldados pensaban que lo mandaron a Malvinas para regresarlos a los pocos días cuando el conflicto se arreglara diplomáticamente; otros pensaron que los ingleses no se presentarían por lo largo del viaje (+12,000 km)… pero llegaron y lo hicieron con nula piedad. Mientras en Argentina las noticias estaban llenas triunfalismo, la verdad era otra. Los estaban acribillando. Fueron 74 días de guerra en los que perdieron a 649 hombres (eso sin contar los suicidios posteriores, que se asume que fueron casi del mismo número), por 255 fallecidos ingleses.

Contagiados por el argentinismo y la desinformación controlada por la dictadura que había comenzado con Jorge Rafael Videla en 1976, Saporiti y Córdoba hicieron declaraciones de las que hoy tal vez no estarían orgullosos. Pues las Malvinas, hasta el 82’, realmente no eran relevantes en la cultura popular y no pasaban de tener menciones en algunos libros de historia; las consecuencias, sobre todo para los que acudieron a pelear, fueron catastróficas y la rendición argentina, lo más sensato ante una guerra que nunca debieron pelear.

“Por supuesto que jugaría un clásico en las Malvinas. Para mí sería un orgullo…”, – Saporiti.

“Por supuesto que jugaría un clásico en las Malvinas. Para mí sería un orgullo (…) pisando un suelo que por tantos años soñamos que fuera nuestro”, dijo el riverplatense. “Lo mismo pienso. Nosotros tenemos la verdad y pienso que ese podría ser nuestro mejor aporte”, contestó el bostero.

El eco llegó hasta los presidentes de ambas instituciones. “Creo que es un deber patriótico por parte de nosotros, los dirigentes, contribuir en la medida de nuestras posibilidades a todo aquello que sirva para alegrar a nuestros valientes soldados que se encuentran en esas islas argentinas (…) si existen allí las condiciones necesarias para jugar allí este partido, será una inmensa emoción, que este clásico del fútbol argentino, se realice en nuestras Malvinas, bajo la bandera argentina. Allí estaremos. Tendré una profunda alegría y una inigualable emoción”, comentó después Martín Benito, presidente de Boca Juniors.

Por su parte, Jorge Kiper, presidente de River Plate, también salió al quite: “Considero que los clubes de fútbol deben desarrollar una intensa labor social y cultural, además de la deportiva y estar permanentemente al servicio de la comunidad. En este caso, una forma de prestar servicios al país, y a la comunidad consiste en apoyar totalmente la idea de llevar a los jóvenes argentinos que están en el sur argentino ofreciendo sus vidas en defensa de nuestra soberanía, la realización de este siempre impactante partido. Todo cuanto está a mi alcance para este fin, habré de realizarlo. Estaré allí junto a mi familia”.

Escasos días más tarde, las malas noticias para la Argentina llegaron. Inglaterra estaba en las Malvinas y arribaron golpeando fuerte. Los planes para jugar un Boca – River en las Malvinas se esfumaron por suerte. Aquel Superclásico habría estado más manchado que el que viviremos el próximo 9 de diciembre en Madrid.